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Lecturas Recomendadas. Fuente:Sindicalizador compartido google
miércoles, julio 13, 2005
- ¿Como ser un sinvergüenza con las señoras?
Acabo de leer el libro "¿Como ser un sinvergüenza con las señoras?", de aquí lo puedes descargar, son 316KB que bien puedes leer en unas cuatro sentadas en el inodoro, tiene algunos puntos dignos de tener en cuenta, aquí algunos extractos.
Me llegó algo tarde el librito ... ojalá que para usted aún sea tiempo ...
Las siguientes lecciones darán una orientación sobre los mejores métodos para sinvergonzonear,pero, como se insistirá a lo largo del libro, todo es relativo con ellas. Todo menos una cosa: para ser un buen sinvergüenza hay que esforzar mucho el corazón. Y no ser un don Juan. Nada de presumir. La clave está en que sean ellas las que hablen de ti. Entre ellas.
LECCIÓN PRIMERA. ¿QUE ES LA MUJER?
Un poeta tendría mucho qué decir si se le diera la oportunidad con esta pregunta. También un tocólogo y, sin duda, muchos recién casados se desatarían en cánticos, inspirados por la ceguera temporal de su situación. Pero para llegar a ser un sinvergüenza aceptable hay que rechazar los cantos de sirena y, siempre que la configuración psicológica lo permita, atenerse a la más estricta realidad. Por ejemplo, a todos nos consta que las mujeres tienen alma, pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza con el alma de una mujer? ¿Ponerla en una repisa y contemplarla?
Una poderosa corriente de opinión insiste en la inteligencia de la mujer. Es temible. Cuando come una manzana -señala la corriente- se las arregla para que alguien la coma con ella. Cuando decide que su marido se tire por la ventana, apunta el tópico, lo mejor es vivir en una planta baja. Pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza, aun uno modesto, con la inteligencia de una mujer? ¿Pasarse la vida suministrándole libros que la alimenten? ¿Emplearla como contable? ¿Y eso no sería una condenada forma de desaprovechar a la mujer en cuestión? En otras palabras: el sinvergüenza, si tal es su capricho, puede reconocer el alma y la inteligencia de la mujer, especialmente para descubrirlas a tiempo y resguardarse. Pero el sinvergüenza debe abstenerse de ver a la mujer bajo ese aspecto y, como ya se ha dicho, debe limitarse a lo más material de la persona: a cuanto se puede tocar o palpar.
Si uno persiste en ver a una mujer como a un individuo aislado, alguien llamado María o Sandra, jamás entenderá su alma. El aprendiz de sinvergüenza debe sacar factor común y atender solamente a la psicología que todas comparten. Por ejemplo: ¿Qué es lo que hace que las mujeres lleven faldas? El convencimiento de que sus piernas son atractivas. Pero, entonces, ¿qué es lo que les induce a vestir pantalones? Lo mismo: el convencimiento de que sus muslos o sus caderas merecen especial atención.
Rubias, morenas, castañas y pelirrojas, todas son mujeres y no es justo discriminar. Discriminar conduce al enamoramiento y un enamorado no puede ejercer de sinvergüenza hasta que se le pase. Mejor es, pues, dividir a las mujeres en guapas y feas. Descartadas las feas, las guapas pueden ser delgadas o llenitas, altas o bajas, simpáticas o ariscas.
Suponiendo que el aprendiz de sinvergüenza sepa distinguir entre guapas y feas por sus propios medios, de la psicología de las guapas sólo le interesa una cosa: Sí o No. Existen las mujeres que sí y existen las mujeres que no. Es obvio dedicarse a las que sí y dejar en la reserva a las que no, hasta que se haya adquirido experiencia. A la larga, el sinvergüenza bien entrenado prefiere cometer sus sinvergonzonerías con las mujeres que no, ya para ir superando los retos de la naturaleza, ya para recrearse en lo difícil.
Porque todas las mujeres son que sí, salvo que exista un verdadero impedimento físico, como haber perdido la mitad del cuerpo o estar enfundada en una sólida escayola. Este hecho, conocido de antiguo por los expertos, se basa en que la mujer es también un ser humano, sexuado y sometido a las idas y venidas de la sangre, a la primavera y a la imaginación.
Por prudencia, y por un mínimo de moral que el buen sinvergüenza debe conservar para ser distinguible de los buitres, hay que descartar a las mujeres menores de 16 y mayores de 70 y, por supuesto, a las casadas.
-¿Y si me arriesgo a todo? -puede insistir el novicio de sinvergüenza.
Mire: el marido tarda, pero siempre se acaba enterando. Y, si no, la mujer se encarga de advertírselo en muchos casos. Para fastidiarle a él y a usted. A las mujeres, en lo más hondo de su silenciosa imaginación, les encanta que los hombres luchen por ellas. Es la voz de la selva. Queda usted advertido.
Al margen de la estatura, la simpatía, el color de los ojos y el talento natural, existe un método perfecto para tener éxito con las mujeres en cualquier situación. Jorobados, parapléjicos, tuertos, ancianos, feos en general, enfermos, han conseguido, gracias a él, salirse con la suya. ¿Existe tal fórmula mágica? Sí, y desde la más remota antigüedad. Se llama éxito. Como el éxito, en nuestra carcomida sociedad, se mide con tres escalas distintas, el Método Perfecto consiste en
-TENER DINERO, o
-TENER PODER, o
-TENER FAMA.
El sinvergüenza moderno está de suerte. Hace apenas cien años era imposible disfrazarse de rico. Tal cosa sólo la conseguían expertísimos pícaros. Hoy, en cambio, la publicidad ha establecido una serie de símbolos de riqueza que, ostentados, equivalen a la riqueza misma, lo que allana el camino del sinvergüenza que quiera emplear el Método Perfecto. Hay símbolos externos materiales, que suelen ser caros, pues se trata de bienes de consumo. De todas formas, la banca moderna, con sus créditos de financiación, los pone al alcance de cualquiera que esté dispuesto a sacrificarse por la causa.
En contra de lo que algunos capítulos puedan hacer pensar, el hombre prudente busca a sus víctimas en su propio ambiente: mujeres de la misma clase social, del mismo nivel cultural y de una inteligencia aproximada. Sólo los barones supervivientes se dedican a enga˜nar a las muchachas humildes y sólo los gigolós atacan a las ricas. Se puede ser interclasista ocasionalmente, si se tiene conciencia de que esas cosas no salen bien. Lo que no se puede, en modo alguno, es tratar de cazar a una mujer más lista que uno ni a una más tonta. Se sufre demasiado en ambos casos y, además, no es deportivo. A las más tontas se las tiene pena y muchos matrimonios se celebran por eso, por pena. La pobre chica -dice el atribulado marido- no se dio cuenta de que iba en broma. Con las listas es peor: saben cómo agradarte y el sinvergüenza puede caer víctima del amor verdadero, que existe.
Me llegó algo tarde el librito ... ojalá que para usted aún sea tiempo ...
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